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Take my seat and ride way back

( texto para la publicación “Ghostown” de Laurence Bonvin, 2010 )

 

 

 

Un gato alado, acurrucado entre poros escocidos y tirantes de sujetador. Un vaho de muchedumbre llovida, dispersa, metafísica. Quejidos regulares de vértebras.

 

350.000 nuevos hogares, 100.000 viviendas secundarias, 200.000 se adquieren como bien de inversión.

 

Historia de una ciudad.

 

 

 

 

Cortinas de nylon, motivos diminutos, perfiles de aluminio de ventana hospitalaria; reflejos ocres adheridos a las paredes frías aún el yeso húmedo contra el que la luz no puede proyectar ni límites ni ironías.

 

Posos de pétalo, pinos, un sol celeste de aluminio y llave electrolítica; acabo de llegar de Viena, de Londres, de Estocolmo, de Argentina, dice el de Valladolid con cara de no haber salido nunca de las letrinas de un cuartel.

 

La aceleración de la demanda interna en 2003-04 ha provocado un sensible aumento de las importaciones.

 

 

 

 

Le roza la mejilla con un labio glacial y con el otro tropieza en su propia brisa de alcohol y diente manchado. Lo vuelve a intentar y estrella la nariz en su mentón; no espera respuesta; sus movimientos son expertos, de entraña, su idioma encharcado en un palpitar donde hace tiempo perdió la precisión.

 

Esto no es lo que soñaba si no la controversia de cualquier sueño.

 

Todo cuanto se veía: siete veces el crecimiento de los precios de consumo.

 

 

 

 

Take my seat and ride way back.

Take my seat and ride way back.

 

Unos golpecitos en la espalda, estira las piernas, se lleva las manos a los muslos, le duelen, los aprieta. Escoge una camisa blanca, unos pantalones vaqueros, unos calcetines grises, se va vistiendo con parsimonia intentando recordar.

 

De la multitud de obras encomendadas al eminente arquitecto don Ventura Rodríguez, pocas llegaron a realizarse.

 

 

 

 

Un plástico transparente impide al acceso al salón. Se sienta con el pelo mojado, los muebles están cubiertos de sábanas viejas, algunos con el precinto de la empresa de mudanzas, otros con cantoneras y restos de cuerda; el acceso es imposible, la visión dificultosa, la perspectiva está anulada

 

Sacos de abono nitrogenado sin nitrógeno, sin abono, ciegan el parquet del descansillo; al otro lado la puerta de los vecinos no se abre nunca, ignora el por qué.

 

Luego viene esa nada dolorosa de la ruina doméstica, los ámbitos que conviven, enmarañados, en el recelo de la memoria.

 

 

 

 

El naranjo de los Osajes.

 

El papel de las entidades de crédito en el auge inmobiliario . I’m gonna bring it on home to you. El ascensor desciende. Espera. Le llaman como si fueran a pedirle un café. Le cogen del brazo, cree que fue ayer, han pasado tantas cosas y ahora nada.

 

I’m gonna bring it on home to you. Puede alcanzar 150 años de edad.

 

 

 

 

La ve distraída en la cocina, haciendo los deberes con un lápiz diminuto, alisándose el pelo con los dedos estirados, sentada detrás de la mesa de planchar, el uniforme del colegio embarrado, una virgen dorada brillando sobre el jersey azul marino. La ve con medio cuerpo fuera de la ventana, tirando de las cuerdas para alcanzar una camisa, una enagua, unos calcetines de deporte. La ve secándose las manos con un trapo manchado de salsa bechamel.

 

Miran hacia el parque, al Oeste, ¿tú quién eres? le pregunta y ella: hola, vete a la mierda, son las cuatro de la mañana.

 

Sin mirar hacia la entrada cruza el pasillo, se escuchan pasos, su respiración acatarrada; no avanza.

 

 

 

 

Hoy no trabaja. Se puso algo nervioso, no sabe por qué, casi tira el cesto de la fruta al suelo. Le llama, esa mañana, para una historia de una pulsera que se le ha perdido pero piensa que lo que quería saber es si había acudido a la cita.

 

Un olor a nata rancia, a pantalón de tergal de niño loco. Gonna bring it on home.

 

Gonna bring it on home. Se levanta, no sabe si saludar, si contestar. Va sorteando luces rojas y amarillas, números, botones de tierra; nadie vive al otro lado.

 

 

 

 

Masticando gominolas de menta y moras artificiales se le tiñe la garganta y entre espasmos mira hacia el portal por donde los gatos se cuelan en busca de las piernas del portero. Están rodeados de pampa, de papeles de periódico, de cojines de ganchillo, va escribiendo cifras en la acera sobre la que niñas desgarbadas saltan entre cagadas de perro.

 

En el portal un frescor de orina.

 

No recuerda que alguien subiera a verles.

 

 

 

 

Recuerda el tacto en el omóplato, un puño en los riñones, el aeropuerto, el corazón, latiendo como un motor de nevera vieja.

 

Dehesa de la Villa. Entrevillas. Campo del Moro.

 

Va en busca de la bombilla apagada, cualquier día, en un miedo breve, cuando sabe que ya nada puede suceder.

 

 

 

 

Rosaledas, acacias, pinzas de tender ropa; no está seguro de cuál es su portal, cuál su terraza de juegos. Miradas soeces, cejas mustias, desconcertadas.

 

El propietario de suelo ejerce un doble monopolio de uso y de producción del mismo. El mercado no aporta viviendas a precio razonable.

 

No es lo que quería. Sin embargo.

 

 

 

 

I’m gonna bring it on home to you. Un taburete, zapatos desgastados por su andar de tobillo frágil. En la pared, frente a la cama, una pintura en díptico, dos superficies de tela cubiertas de acrílico torpe, un paisaje sin país, un triángulo mate, cuchillos embadurnados de azar.

 

Su gesto es natural, animal, evidente.

 

En la ventana la oscuridad del barrio, los medicamentos, patios silenciados por lluvias que no llegan.

 

 

 

 

Cruza los brazos sobre el pecho, deja caer la cabeza hacia la izquierda, busca una posición fetal, de muerto, la hora en el reloj de pulsera, dice: hasta que llamen.

 

Acomoda la almohada, estira una mano, se resiste a encender un cigarrillo. No dice ni sí ni no.

 

Una bayeta deja un rastro de lejía en la barra, no quiere acudir a la cita, se calla. Casi 121.000 millones de euros, el 15,1% del P.I.B.

 

 

 

 

Cambios sustanciales en la estructura productiva, maletas de cuero, la sonrisa apoyada en la ventanilla del taxi. El Café de Correos. Un aburrido murmullo de horchata.

 

Mientras cena una tortilla francesa pide un gin-tonic y una ensalada, anota lo que le quiso decir, lo que recordaba de aquellas palabras.

 

Alameda de Osuna. Calle huertas. Un olivo.

 

 

 

 

Coge un libro de la estantería y lo deja caer en una mesa auxiliar que le sirve de escritorio. El plástico sustituye a las baldosas, al parquet; excrementos de oveja, grasa de cordero, ojos.

 

Toldos, arcadas, pechos felices, viajes organizados al Caribe, una pizza de cuatro quesos, vermú de grifo.

 

Los libreros parecen vender castañas, las niñas del portero juegan con tizas, tú nunca volverás a Madrid, lo siento, pensé que era lo que querías escuchar.

 

 

 

 

Una ficción raída como la moqueta del ascensor. Las cañerías se han roto. Pasa toda la noche intentando arreglar el circuito, haciendo horas extras, no le dejan atravesar el pasillo.

 

En 2004 las viviendas vendidas en España suponían sólo el 3,5% del parque de viviendas existente. Todos se alegran de que haya regresado.

 

Vino blanco, ajenjo y otras sustancias amargas y tónicas.

 

 

 

 

Se queda dormido escuchando el viento contra el plástico. Rumores de carne cruda, cámaras aislantes, una vespa color verde manzana; un mar de arena portuguesa, un sol árabe, la sierra en cualquier pendiente.

 

Dice “no importa”, escuchar, ver, consentir. No hay tiempo para anotar.

 

Manto permisivo. Balanza de pagos. Déficit exterior.

 

 

 

 

Su voz es precisa, escueta, lejana. Su voz es extensa y verde como un campo de fútbol. Coge las llaves. No hay días, sólo el Oeste.

 

Están construyendo una gasolinera.

 

Están donde no hay contornos, ni guantes ni sombreros.

 

 

 

 

Una sonrisa de hotel de tres estrellas. Una pequeña radio desechada porque ya no emite sonido alguno. Quiere enviarle una fotografía pero se abstiene. No tiene sonrisa, sólo la de ella. No está seguro de cual es su portal.

 

Unos beneficios de 100 euros por metro cuadrado, que en Madrid ascendieron a 1,600 euros/m2.

 

No hay razón visible. Nadie probó las rosquillas. No hay basuras, aún.

 

 

 

 

Es la infancia: hielos de ginebra y merluzas frías. La casa está vacía. Detrás del mostrador le hablan con acento turco, cree entender, se despierta.

 

Esas zapatillas de deporte junto a la cama son un signo de felicidad.

 

Take my seat and ride way back.

 

 

 

 

Cree que sus manos, sus labios, sus miradas son reales. No parece que vaya a llover nunca. Es inteligente aunque no haga nada por demostrarlo. Busca un cenicero.

 

Un charco a las puertas de Portugal. Se ha ido. Pide una cerveza. Cuenta las maletas.

 

Un perro se le acerca con cautela.

 

 

 

 

Amor. Agua mineral. Periferia. Después de cenar pasearon por avenidas y calles, iban de la mano, de vez en cuando se besaban, se miraban, se abrazaban.

 

Una mujer daba a luz en el cuarto de invitados. En la cocina desaparecieron los olores a amoniaco, a bata guateada, a envoltorio de jabón lagarto. Le entran ganas de imitar el grito de la mujer.

 

I’m gonna bring it on home to you.

 

 

 

 

No puede darse la vuelta. Sabe que detrás sólo hay muecas, una gran trastienda sin ventanas. Sabe que detrás hay montones de círculos de caucho que desprenden inmensidad.

 

La pared le resulta inasequible. El yeso absorbe los reflejos de la cara oculta, de cualquier cara oculta de cualquier icono.

 

Luego recuerda las palabras que le dijo y espera.